17 diciembre 2008

Burro

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Al lado de mi casa hay un burro. Es un animal tranquilo y observador, que sabe esquivar la lluvia guareciéndose bajo las ramas retorcidas de una higuera. Suelo encontrarme con el de vuelta a casa y a veces escucho su voz al amanecer. El burro lanza su voz a solas. Rebuzna al sol para todos y para nadie. A solas, en su pradillo, como si cantara, todos los días se manifiesta y los vecinos lo asumen como una rutina más, como la llamada a misa.

Un burro, cuantitativamente, no es óptimo. En el mundo actual no hay espacio para el. Los Sancho Panzas que ocupan la tierra son ahora licenciados en marketing o informática, y prefieren widgets en java, que es más limpio. Como mucho una novia o un gato. Igual que la lanza de Don Quijote, el burro de mi vecino quedó en la cuneta y desde ella observa pasar el mundo como una de esas ballenas varadas ve subir el sol certificando que su existencia toca a su fin. Paso frente a el, pero no tengo tiempo para detenerme. ¿Quien se pone a hablar con un burro ? Mi jornada está cronometrada y tengo una infinidad de cosas que hacer. Solo mucho después, al final del día, en mi cama; entiendo lo que el animal quería decirme: El próximo anacronismo seré yo. Por burro.