12 enero 2009

Semilla

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En la década de los noventa, después de haber trabajado desde mi adolescencia como músico, había dejado apartada mi etapa creativa para dedicarme a ser un tipo formal. Un pequeño empresario que se dedicaba a promocionar cremas, escuelas de idiomas , enciclopedias y bebidas gaseosas.

En mi segundo largo viaje a Japón me aislé de mi pasado y corté con mis proyectos después de años de trabajo ininterrumpido. Eso hizo que llegando a los treinta hiciera un análisis de mi vida que me hizo cambiar. En el verano del 2000 de mi primera filmación, la cámara se transformó en algo nuevo para mi. Era una Sony DVCAM P150 con la que se habían hecho algunos proyectos en la empresa, pero que veía por vez primera de una forma diferente desde el momento que la incluí en mi equipaje.

Tener ese verano la cámara en mano volvió a despertar en mi algo nuevo. La llevaba como si fuera un cordón umbilical que me conectara con la vida. Mi joven esposa era una cinefila redomada, y sin embargo yo me había pasado la vida centrado en mis proyectos. No sabía nada de cine. Lo único que tenía es la vaga sensación de que algo me empujaba a filmar, y aún no sabía el qué. Descubrí antes de volver a Barcelona, que había buscado en esas filmaciones captar algo invisible e intransferible. Aún tenía mucho camino por recorrer después de ese corto llamado Obon, pero el germen ya estaba ahí, en mi. El «veneno» que dicen, ya lo tenía dentro.