23 junio 2009

El fruto de la mala palabra

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Empieza el calor. Aquí el sol cae como en esos documentales en los que ves una fundición donde vierten chorros de metal líquido. El asfalto, camino del trabajo, burbujea bajo mis pies.

Los bares de la plaza sacan las sillas para que los turistas y desocupados locales se refresquen con una cerveza acompañada de una tapa. Me encantan las tapas de patatas fritas en aceite de oliva. Las patatas bravas, si pican aún son mejores. Contengo mi apetito y así no parecerme mi abuelo, que tiene tripa y humor de elefante marino.

Acabo de descubrir la noticia de unos investigadores Taiwaneses: el picante ayuda a elevar el calor corporal, y al mismo tiempo, gracias a la capsaicina, ayuda a quemar grasa. Así que en casa preparamos una botellita de cristal con aceite al que agregamos guindillas. En veinte días será como condimentar con combustible de avión.

En algunos lugares de Sudamérica, se denomina ají putaparió o —eufemísticamente— "ají de la mala palabra" : en efecto, comúnmente la persona sorprendida por el intenso ardor profiere casi inmediatamente un taco.