13 mayo 2015

Amigos

Ya llegaron. Y no pienso explayarme en lo bien que huele el papel, ni que prefiero discos de vinilo.

Eso sí. El pasado verano, sin ir más lejos, comprendí la diferencia que marca un libro. El termómetro, a más de cuarenta grados, superando el  setenta por ciento de humedad, y con un tifón de camino; lo que significaba  móvil caído y tablet muerto, lo que viene a ser hoy día como quedarte ciego. Todo eso en un lugar de lo más extraño, con monos, serpientes, ciempiés asesinos, y largas tardes en la que es peligroso hacer algo más que leer o dormir la siesta. Ahí, si, lo supe. El libro —llevé uno en la bolsa, junto al repelente para tiburones—, el viejo, anacrónico y sólido libro  aguanta lo que venga.  Por eso lo llamo amigo.