11 octubre 2018

El premio en la tierra de Cervantes





































He visto a un señor de chaqueta azul que había descubierto una antigua fábrica de mazapanes en miniatura; a una señora que me indicó, la mejor forma de entrar en un sótano lleno de telarañas es abrirse paso con una antena de radio; a un artista capaz de pintar un portaaviones de manera que resulte hermoso y también a dos bailarines que danzan en completo silencio, imaginando la música.
A mi regreso, antes de salir de la ciudad paré, bajé al arcén, y robé un puñado de tierra. La he guardado en un frasco con la intención de hacer pastillas para la inventiva mezclándolas con carbonato de sodio y goma de tragacanto.

11 septiembre 2018

Zombis, risa, Barcelona y revolución.



La escribí después de Eo para desinhibirme y experimentar, como en una de esas novelas rápidas que los japoneses leen en el metro, al estilo Hiroshi Sakurazaka. Pero cuando acabé en el borrador me di cuenta de que había algo más.

La novela es para mi una alegoría sobre el fin de un mundo que se nos escapa. Trata sobre el heredero en el siglo XXI del Homo Sapiens, ese hombre que carece de Qualias, y al que wikipedia llama Zombi Filosófico. Hay mordiscos, y sangre, y caos, si. Pero en el fondo, es una cuenta pendiente que tengo con la cultura de masas, y aquello que llaman algunos, globalización.

Me inspiré en dos personajes que hoy día, están descatalogados. Que no forman parte de la vida social. Y en el páramo industrial de la Zona Franca de la Ciudad Condal, con sus edificios vacíos, los jóvenes que roban spray para pintar su firma en las paredes y  el deseo fútil de dejar huella en  un mundo que se descompone. Busco no el fin silencioso de lo que somos, si no una necesaria traca final que no está  desprovista de humor. Pues es la risa, aún siendo zombis, lo único que nos puede salvar.

Aquí, el enlace a la editorial. Aquí, la crítica de Javier Bocadulce.